Lo que comienza en casa, se queda en casa

columna editorial con retrato luminoso

Como sociedad somos muy buenos para preguntarnos quién tiene la culpa cuando algo no resulta. Miramos al colegio, al jardín, al profesor, al sistema, a las autoridades. Pero pocas veces hacemos una pregunta mucho más incómoda y, al mismo tiempo, necesaria:

¿Qué estoy haciendo yo para que las cosas resulten mejor?

Cuando hablamos de nuestros hijos, esta pregunta adquiere todavía más importancia. Porque nuestros niños son seres humanos en formación y nosotros, sus familias, somos sus primeros referentes.

Podemos elegir distintas maneras de criar. Cada familia tiene su historia, sus valores, sus costumbres, su realidad y también sus dificultades. Pero hay experiencias que han atravesado generaciones y que siguen teniendo un enorme valor para el desarrollo de nuestros niños.

Una de ellas es leer.

Y hoy tenemos una razón adicional para volver a conversar sobre esto.

El Ministerio de Educación ha vuelto a poner el foco en los aprendizajes fundamentales durante los primeros años escolares. El programa Chile Aprende y Avanza busca fortalecer especialmente la lectura y las matemáticas desde los primeros años de la trayectoria educativa. Y existe un dato que debería llamarnos la atención: actualmente, tres de cada cinco niños de 2° básico en Chile no alcanzan el nivel de comprensión lectora esperado para su edad. Durante noviembre y diciembre de 2026, además, cerca de 278 mil estudiantes de 2° básico serán parte de Impulso Lector, la primera evaluación censal de habilidades lectoras de este nivel en nuestro país.

Son cifras importantes. Pero detrás de cada cifra hay un niño y por eso creo que esta conversación no puede quedarse solamente en lo que hará el Ministerio, el colegio o los profesores, también tiene que entrar a nuestras casas.

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Leer es una manera de descubrir el mundo

Una de las formas más hermosas de descubrir el mundo es a través de un libro. Pensemos por un momento en un niño de cinco años que dice: “Cuando sea grande quiero viajar a Marte”.

Probablemente no puede subirse mañana a una nave espacial, pero sí puede abrir un libro; puede descubrir cómo son los planetas, conocer a los astronautas, imaginar cómo sería caminar sobre Marte, preguntarse por qué no podemos respirar allí, dibujar su propia nave y comenzar a construir, en su imaginación, un mundo que todavía no conoce, eso también es aprender.

Durante los primeros años existe una elevada plasticidad cerebral y las experiencias enriquecidas en lenguaje son especialmente relevantes para el desarrollo. La evidencia científica relaciona la lectura compartida con beneficios en lenguaje, vocabulario, desarrollo cognitivo y socioemocional. La Academia Americana de Pediatría recomienda promover la lectura compartida desde la primera infancia precisamente porque genera interacciones ricas en lenguaje y fortalece la relación entre niños y cuidadores. Incluso estudios experimentales han encontrado que intervenciones centradas en la lectura entre padres e hijos pueden mejorar la calidad de esas interacciones y producir beneficios en vocabulario y algunas habilidades cognitivas de los niños.

Pero quiero detenerme en algo todavía más cotidiano.

“¡No, mamá! ¡Qué fome leer!”

¿Cuántos hemos escuchado alguna vez algo parecido?

“No quiero leer”.

“Qué aburrido”.

“Me da sueño”.

Y nuestra primera reacción puede ser frustrarnos.

Pero antes de pensar “a mi hijo no le gusta leer”, hagámonos otra pregunta: ¿Nos ven leer a nosotros? Los niños aprenden muchísimo observando. Entonces, si queremos que la lectura forme parte de su mundo, también tenemos que permitirles verla formando parte del nuestro. ¿No te gusta leer novelas? No importa. Lee una noticia, una revista, una receta, un libro de historia, una biografía, un texto sobre fútbol, jardinería, ciencia o aquello que realmente te interese, pero lee y deja que te vean leer, porque resulta difícil transmitir entusiasmo por algo que nuestros hijos perciben únicamente como una obligación escolar.

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La lectura no debería ser solamente una tarea, una nota o un control del colegio, debería poder convertirse también en disfrute, curiosidad y encuentro.

El rincón lector que me enseñó JUNJI: Hay una experiencia profesional que recuerdo especialmente. Durante mi paso como Directora Regional de JUNJI pude observar de cerca el trabajo de muchas educadoras de párvulos y, si hay algo por lo que me saco el sombrero, es por la pasión y creatividad que muchas ponen en transformar un sencillo rincón lector en una verdadera experiencia, no era solamente poner algunos libros sobre una repisa, había intención.

Un cuento podía transformar un rincón completo. Los personajes aparecían en las paredes, los objetos permitían recrear la historia y los niños podían entrar, mirar, tocar, imaginar y sentirse parte de aquello que habían leído.

Entonces pensé muchas veces: ¿Por qué no hacer algo parecido en casa? No necesitamos grandes recursos ni comprar muebles especiales, unas almohadas, una manta, una caja con cuentos, dibujos hechos por los propios niños y un pequeño espacio de la casa pueden ser suficientes.

Lo importante es que ese lugar diga silenciosamente: “Aquí nos gusta leer”. Que nuestra casa también huela a cuentos, a imaginación, a preguntas y a historias.

Porque educar no ocurre exclusivamente dentro de un establecimiento educacional.

La familia constituye un espacio educativo fundamental; luego, jardines, escuelas, educadores y profesores aportan sus conocimientos y herramientas, y los ambientes donde los niños crecen también pueden facilitar o dificultar determinadas experiencias.

Por eso la pregunta no debería ser solamente “¿qué están haciendo en el colegio para que mi hijo lea?” También podemos preguntarnos: “¿Qué estamos haciendo en casa para que quiera leer?”

Hay otro beneficio que ninguna prueba estandarizada puede representar completamente.

Cuando una mamá, un papá, un abuelo o un cuidador se sienta junto a un niño, abre un cuento y comienza a leer, ocurre algo más que un ejercicio de lenguaje.

Hay presencia, hay una voz conocida, hay preguntas, hay risas, hay contacto, hay un adulto que durante algunos minutos está diciendo, sin necesidad de pronunciarlo:

“Este tiempo es para ti”.

La evidencia científica respalda también esta dimensión: una revisión de 19 intervenciones, que reunió a más de 3.200 familias, encontró efectos positivos de programas de lectura compartida en aspectos psicosociales tanto de niños como de sus cuidadores. En un mundo lleno de pantallas, notificaciones y adultos corriendo de una responsabilidad a otra, quizás sentarnos juntos alrededor de un libro sea también una manera sencilla de volver a encontrarnos. No necesitamos hacerlo perfecto, necesitamos hacerlo presente.

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Cinco claves para comenzar en familia

  1. Crea el cuento de tu propia familia.

    No siempre tienes que comprar un libro. Inventen uno. Que tus hijos sean los protagonistas. Dibujen los personajes, pónganle nombre a la historia y creen juntos una aventura. ¿Qué pasaría si mañana nuestra familia despertara en Marte? ¿O si nuestra casa pudiera volar? Cuando un niño participa en la creación, la historia también comienza a pertenecerle.
  1. Transforma un espacio de la casa.

    Elijan el cuento favorito de sus hijos y recréenlo. No necesitas gastar dinero: utiliza almohadas, cajas, telas, dibujos o juguetes. Si están leyendo sobre la selva, conviertan por un rato ese rincón en una selva. Si están leyendo sobre el espacio, construyan una nave. Que leer sea una experiencia, no solamente pasar páginas.
  1. Sean constantes, pero no conviertan la lectura en castigo.

    No necesitamos comenzar con una hora diaria. Reserven un tiempo breve, acorde con la edad y capacidad de atención del niño, hasta llegar si les resulta agradable a unos 20 o 30 minutos. Lo importante es la regularidad y que sea un momento compartido. Mientras los niños leen, los adultos también pueden leer. Ese rato es de la familia.
  1. No te frustres tan rápido.

    Quizás tu hijo se levante, se distraiga o diga que está aburrido. No significa que fracasaste. Pregúntale: “¿Qué te pasó con esta historia?”, “¿te aburriste?”, “¿te dio miedo?”, “¿qué parte te gustó?” Identifiquen y validen juntos las emociones que aparecen. Los cuentos también pueden ayudarnos a conversar sobre aquello que muchas veces a los niños les cuesta expresar.
  1. Vivan lo que leyeron.

    La historia no tiene por qué terminar cuando cerramos el libro. Si leyeron sobre plantas, planten una semilla. Si descubrieron los planetas, salgan de noche a mirar el cielo. Si el personaje ayudó a alguien, conversen sobre cómo podrían ayudar ustedes. Pregunten: “¿Qué aprendimos?”, “¿qué habrías hecho tú?”, “¿qué personaje te gustó y por qué?” Leer, conversar y experimentar ayuda a transformar una historia en aprendizaje.

Lo que comienza en casa, se queda en casa,

no quiero que esta columna se entienda como una nueva exigencia para padres que muchas veces llegan agotados después de trabajar, criar, ordenar, cocinar y resolver cientos de cosas. Quiero que sea una invitación, no necesitamos ser profesores de nuestros hijos, necesitamos ser adultos que abren posibilidades.

Podemos comenzar con diez minutos. Con un cuento prestado. Con una historia inventada antes de dormir. Con un niño sentado a nuestro lado preguntando por qué la Luna lo sigue cuando mira por la ventana.

Quizás hoy quiera viajar a Marte, mañana querrá saber cómo funciona el cuerpo humano. Después preguntará por los dinosaurios, por el océano, por las estrellas, por la historia de Chile o por qué las personas sienten tristeza y cada pregunta puede encontrar una puerta en un libro.

El desafío que hoy nos muestran las cifras de comprensión lectora no pertenece solamente al sistema educacional. También nos invita a preguntarnos qué cultura estamos construyendo alrededor de nuestros niños, porque el colegio puede enseñarles a decodificar palabras y acompañarlos para que comprendan lo que leen, pero el amor por las historias también puede comenzar mucho antes, sentado junto a alguien que aman.

Así que hoy la invitación es sencilla: deja por un momento el teléfono, busca un cuento, llama a tus hijos y siéntense juntos. Lean, inventen, pregunten, ríanse, imaginen. Porque quizá dentro de muchos años nuestros hijos no recuerden exactamente qué cuento les leímos, pero sí pueden recordar que hubo una casa, una voz y unos brazos donde descubrir el mundo era posible.

Y aquello que comienza en casa muchas veces se queda para toda la vida.