El diputado Stephan Schubert compartió su experiencia en el servicio público y reflexionó sobre los desafíos que enfrenta la infancia en Chile, el papel de la sociedad civil y el llamado de la Iglesia a orar, involucrarse y actuar. Hablar de infancia es hablar de nuestro futuro, pero también de una responsabilidad que tenemos hoy.
En una entrevista realizada por Julie Saez, directora de Fundación Generación Fortaleza, el diputado Stephan Schubert, representante del Distrito 23, abordó distintas realidades que afectan actualmente a niños y adolescentes en Chile, especialmente a quienes se encuentran en contextos de mayor vulnerabilidad.
La conversación permitió conocer parte de su experiencia en el servicio público y su preocupación por la protección de la infancia, particularmente de aquellos niños que se encuentran bajo sistemas de protección.
Una infancia que necesita ser protegida
Durante la entrevista, el diputado manifestó su preocupación por las situaciones de vulnerabilidad que pueden producirse dentro de hogares y residencias, planteando la necesidad de fortalecer el cuidado, la supervisión y la responsabilidad respecto de aquellos niños que están bajo protección del Estado.
Son realidades que muchas veces permanecen lejos de nuestra mirada.
Y precisamente por eso, no podemos ser indiferentes frente al dolor de un niño que quizás nunca llegaremos a conocer personalmente.
La protección de la infancia tampoco puede quedar únicamente en manos de las instituciones públicas. Durante la conversación se destacó la importancia del trabajo que realizan distintas organizaciones de la sociedad civil, muchas veces enfrentando grandes desafíos y limitaciones de recursos.
Esto nos recuerda algo fundamental:
proteger a la infancia es una tarea que nos involucra a todos.
Familias, profesionales, organizaciones, autoridades, comunidades y también la Iglesia tenemos algo que aportar.
Cada uno desde el lugar que Dios le ha permitido ocupar.
Una Iglesia que ora, pero que también actúa

Uno de los momentos centrales de la conversación fue la reflexión sobre el papel de la Iglesia frente a estas realidades.
El diputado planteó que la oración no debe convertirse en una simple formalidad. Orar significa también poner delante de Dios aquellas situaciones que muchas veces no alcanzamos a conocer, lugares donde no podemos entrar y realidades que permanecen ocultas a nuestros ojos.
Pero junto con orar, existe también un llamado a actuar.
Orar y actuar.
Orar por los niños que están sufriendo.
Orar por quienes trabajan con ellos.
Orar por las familias.
Orar por quienes tienen responsabilidades públicas.
Orar por aquellos lugares donde quizás nosotros no podemos entrar.
Pero también preguntarnos:
¿Qué puedo hacer yo?
Esa pregunta cambia nuestra manera de mirar la realidad.
Porque cuando vemos una situación de dolor, podemos quedarnos solamente con la preocupación. Podemos indignarnos, comentar una noticia o lamentarnos por lo que está ocurriendo.
Pero nuestra fe nos llama a algo más.
Nos llama a involucrarnos.
Quizás no podemos cambiarlo todo.
Quizás no podemos estar en todos los lugares.
Pero sí podemos hacer algo.
Nuestros dones también pueden ponerse al servicio de la infancia
Durante la conversación surgió una reflexión especialmente importante para quienes forman parte de una comunidad cristiana:
¿Qué pasaría si nuestros dones y nuestras profesiones fueran puestos al servicio de los niños?
Se planteó el ejemplo de quienes estudian psicología y de otros profesionales que podrían orientar parte de su vocación hacia espacios donde puedan tener contacto directo con niños y adolescentes que necesitan apoyo.
Como cristianos, nuestros dones no son solamente para nuestro beneficio.
Dios puede usar nuestra profesión, nuestro tiempo, nuestros conocimientos y nuestros recursos para bendecir la vida de otros.
Quizás alguien está llamado a trabajar directamente con niños.
Quizás otro puede aportar desde la psicología, la educación, el derecho, las comunicaciones o la salud.
Quizás alguien puede abrir las puertas de su empresa para apoyar una iniciativa.
Quizás otro puede acompañar, escuchar o simplemente comenzar orando.
Todos podemos hacer algo.
Al finalizar la conversación queda una pregunta que va mucho más allá de la política y de las instituciones:
¿Qué estamos haciendo nosotros por la infancia?
Es fácil conmovernos frente a una noticia.
Es fácil indignarnos ante una situación injusta.
Es fácil hablar sobre la importancia de proteger a los niños.
Pero el desafío es mayor.
El mensaje que queda es sencillo y profundo: no basta con mirar y lamentarse; hay que orar y actuar.
Como cristianos, estamos llamados a involucrarnos.
A abrir nuestros ojos.
A escuchar.
A servir.
A poner nuestros dones a disposición.
A acompañar a quienes trabajan por la infancia.
Y a recordar que detrás de cada cifra hay un niño; detrás de cada noticia hay una historia; y detrás de cada niño hay una vida que merece ser protegida, amada y tratada con dignidad.
Que podamos ser una Iglesia que no solo ora por la infancia, sino que también abre sus manos, dispone sus talentos y se levanta para protegerla.
Porque cuidar a un niño también es una manera de servir a Dios.



