El pasado 01 de Agosto, en el Hotel Pullman de Viña del Mar, no solo se desarrolló un conversatorio. Se abrió un espacio donde los corazones fueron confrontados y donde la esperanza encontró un lugar en medio de una realidad que duele: la violencia escolar.
Convocados por Fundación Generación Fortaleza, profesionales del área social, abogados, docentes, apoderados, pastores cristianos y estudiantes se reunieron para dialogar sobre un tema que suele abordarse desde las cifras, los protocolos o las sanciones. Sin embargo, esta jornada tomó un rumbo inesperado. La conversación dejó de centrarse únicamente en el problema para poner el foco en las personas. Y, poco a poco, quedó en evidencia que la respuesta que todos anhelaban no comenzaba con un castigo más severo, sino con un amor más profundo.
“Educar es enseñar a convivir. La Ley 21.809 nos recuerda que una escuela segura no nace del castigo, sino del compromiso de toda la comunidad educativa con el cuidado, la inclusión y el respeto mutuo”, expuso Paula Mena, Jefa de Dirección bi-provincial de educación, de San Felipe Los Andes.
En cada presentación se marcó el sello del encuentro: volver la mirada hacia cada estudiante, incluso hacia aquel que agrede. Lejos de ser presentado como un caso perdido o un problema que eliminar, fue reconocido como un ser humano que también necesita ser escuchado, acompañado y restaurado. El concepto de “vocación misional” o “marcar la diferencia”, en palabras de uno de los expositores, Elías Ramos, nos llevó a reflexionar en los nudos críticos de cómo enfrentamos el problema.
David Navarro, otro de los expositores resumió este desafío con una frase que quedó resonando entre los presentes: “Miremos a los “niños problema” como la creación de Dios, a su imagen y semejanza, por ellos también fue la cruz”. Un llamado que recordó que educar es, en esencia, una vocación, una misión y un acto cotidiano de servicio hacia las nuevas generaciones.
“Miremos a los "niños problema" como la creación de Dios, a su imagen y semejanza, por ellos también fue la cruz”.
Pero el conversatorio no quedó en las palabras. A medida que avanzaban las reflexiones, el ambiente comenzó a transformarse. Dios fue quebrantando corazones, y la sinceridad reemplazó cualquier formalidad. Hubo lágrimas, abrazos y silencios cargados de significado. Entonces ocurrieron escenas difíciles de olvidar.
Marcela Hoffman, pastora de EDS Church, representando a la mesa de pastores, tomó la palabra para pedir perdón por las veces en que la Iglesia no estuvo presente para escuchar, acompañar y proteger a niños, niñas y adolescentes, en definitiva, por invisibilizarlos. Más tarde, en un momento profundamente conmovedor, se abrió un espacio para que los propios docentes pidieran perdón a los jóvenes presentes, varios de los cuales compartieron experiencias marcadas por el bullying y el abandono.

No fueron palabras preparadas ni gestos protocolares. Fueron expresiones sinceras de arrepentimiento, humildad y amor. Un recordatorio de que reconocer nuestras faltas no nos debilita, sino que abre el camino hacia la restauración. Quizás allí estuvo el verdadero corazón de este encuentro. No fue simplemente un espacio para analizar una problemática, sino un lugar donde quienes tienen la responsabilidad de formar, guiar y cuidar a las nuevas generaciones decidieron comenzar por examinar sus propios corazones. Porque toda transformación genuina nace cuando primero estamos dispuestos a cambiar nosotros.
Al finalizar la jornada, una convicción era compartida por todos: este no podía ser un evento aislado. Surgió el deseo de seguir construyendo espacios donde el diálogo dé paso a acciones concretas, donde las buenas intenciones se transformen en iniciativas capaces de impactar la vida de las comunidades educativas. Fundación Generación Fortaleza acogió ese desafío y ya trabaja en un resumen ejecutivo que reunirá los aportes de todas las mesas de trabajo, con el propósito de convertirlos en la base de futuros proyectos enfocados en fortalecer la educación desde los valores y el cuidado integral.
Al cerrar el encuentro, quedó una certeza que trascendió las exposiciones y las mesas de trabajo: no es posible enfrentar la violencia escolar sin hablar de amor, de perdón, de restauración y de una responsabilidad compartida. Cuando el amor entra en la conversación, también entra la posibilidad de sanar.
Ese es el desafío que hoy asume Fundación Generación Fortaleza: que lo vivido aquel 01 de agosto no permanezca como un hermoso recuerdo, sino que se convierta en el inicio de un movimiento capaz de transformar comunidades, fortalecer familias y devolver esperanza a las nuevas generaciones.

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